
El mago, actor y realizador pasó por Identidad Play para hablar de Acto: ilusión o catástrofe, la obra que protagoniza en Timbre 4 junto a Pablo Kusnetzoff y Marcelo Goobar. Durante la entrevista, recordó el momento de su infancia que marcó su vocación, reflexionó sobre el sentido de la magia y repasó los 15 años de trayectoria de El centésimo mono, una experiencia teatral que trascendió fronteras.
¿Qué sucede cuando una experiencia nos cambia para siempre la manera de mirar el mundo?
Para Emanuel Zaldúa, mago y actor, la respuesta se remonta a su infancia, cuando su padre le mostró por primera vez dos juegos de magia. Hasta entonces, conocía ese universo a través de los libros. Aquel día descubrió que la magia podía suceder ante sus propios ojos y que su fascinación no tendría vuelta atrás.
“Ese fue el momento que yo recuerdo como la herida, como el momento en el que ya no hubo vuelta atrás”, contó durante su participación en Identidad Play, en una entrevista con Guillermo Janices y Adrián Maglieri.
Zaldua, conversó sobre Acto: ilusión o catástrofe, la obra que comparte con Pablo Kusnetzoff y Marcelo Goobar, bajo la dirección de Flor Micha. La propuesta recorre las experiencias que llevaron a los tres artistas a reconocerse como magos y plantea interrogantes que exceden el escenario: ¿la magia es una vocación, un trabajo o un pasatiempo? ¿Qué valor tiene para la sociedad? ¿Por qué seguimos necesitando el misterio?
El día en que descubrió la magia
La historia de Emanuel con el ilusionismo comenzó mucho antes de su carrera profesional. Desde los diez años hacía teatro y contaba con el acompañamiento de su padre, que fomentaba la lectura en la familia y le compraba obras teatrales porque conocía su interés por la actuación.
En una oportunidad, eligió un libro de magia. Entre sus páginas encontró la dirección de una casa especializada en artículos para realizar trucos y le pidió a su padre que fuera a comprar algunos de los elementos que necesitaba.
Pero su padre regresó con algo diferente: dos juegos de magia que le habían ofrecido en el local. Cuando se los mostró, Emanuel experimentó por primera vez la magia en acción. “Yo antes había leído magia. Esa fue la primera vez que vi con mis ojos lo que era ver magia”, recordó.
Y sintetizó aquel momento con una frase que resume el vínculo entre su historia personal y su vocación: “El primer mago que vi sin ser mago fue mi papá”.
La fascinación fue inmediata. Poco después, le pidió que lo llevara a estudiar magia. Tenía apenas once años y su padre aceptó acompañarlo, quizá sin imaginar que aquel interés infantil se convertiría en una parte central de su vida.
Esa experiencia es la que el artista identifica con la idea de quedar “herido de magia”: un descubrimiento que modifica la percepción de la realidad y deja una marca permanente.
Acto: ilusión o catástrofe: regresar al origen
La historia personal de Zaldua se conecta con el eje de Acto: ilusión o catástrofe, una propuesta teatral que comparte con Kusnetzoff y Guber. La obra forma parte del recorrido de una compañía integrada por tres magos y actores que ya habían trabajado juntos en El centésimo mono, bajo la dirección de Ozky Guzmán.
Según explicó Zaldúa, aquella experiencia escénica indagaba en la relación entre la magia y la muerte, entendida como el único truco cuyo secreto el mago desconoce. En la nueva obra, en cambio, el recorrido se dirige hacia el origen: el instante en que cada uno descubrió la magia y decidió asumirla como parte de su identidad.
“Van hacia donde creció el germen de la magia en ellos, donde descubrieron que eran magos, se asumieron magos, salieron del clóset y dijeron: ‘Bueno, ok, soy mago, esto es lo que soy, tengo que ir para adelante con esto’”, explicó.
La metáfora alude a ese momento en que una inclinación deja de ser una curiosidad y se convierte en una elección vital. La obra recupera las experiencias personales de sus protagonistas y las transforma en material escénico, entrelazando memoria, identidad y ficción.
El título también abre otra discusión. Según relató el entrevistado, en un principio la obra iba a llamarse Vocación o catástrofe, hasta que finalmente se optó por Ilusión o catástrofe. El cambio amplía la pregunta sobre el sentido de la magia y el lugar que ocupa en la vida de quienes la practican.
¿Para qué sirve un mago?
Uno de los pasajes más interesantes de la entrevista apareció cuando Zaldúa se detuvo en el significado de la palabra vocación.
Habitualmente, explicó, el término suele asociarse con una especie de llamado trascendente o con profesiones vinculadas al servicio de los demás. Pero ¿cómo se entiende esa idea cuando se habla de un mago? ¿Qué aporta el ilusionismo a la sociedad? ¿Qué valor tiene una actividad cuyo propósito parece ser, ante todo, sorprender y entretener?
Esas preguntas atraviesan la obra y también la experiencia de los propios artistas. “¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Qué valor otorgamos? Y por qué a la gente le gusta ver magia. ¿Por qué? ¿Qué tiene de atractivo ver magia?”, planteó.
Para Zaldúa, el atractivo está relacionado con el misterio y con la posibilidad de encontrar una mirada simbólica sobre la experiencia cotidiana. En ese sentido, señaló que las personas pueden recurrir al pensamiento mágico cuando sienten que las respuestas habituales no alcanzan.
“Uno llega por desesperación al pensamiento mágico”, sostuvo, al describir cómo, ante situaciones difíciles, algunas personas buscan alternativas en los rituales, los conjuros, las oraciones o las creencias que prometen una salida.
Su reflexión apunta a una dimensión profunda de la experiencia humana: la necesidad de imaginar otras posibilidades frente a aquello que parece inevitable.
La magia como mirada poética sobre la vida
En su explicación, Emanuel vinculó algunos de los grandes clásicos del ilusionismo con ideas que atraviesan la historia de la humanidad.
La aparición de una paloma, por ejemplo, puede asociarse con la libertad y la paz. Los aros chinos, que se enlazan y luego se separan, permiten construir una imagen de las cadenas que pueden romperse. Otros efectos, como la aparición de animales o la transformación de los objetos, evocan la posibilidad de crear vida y desafiar los límites de lo real.
“Y la magia te ofrece una solución, te ofrece una mirada poética, simbólica sobre cosas horribles y sobre las hermosas de la vida”, explicó.
En esa perspectiva, el ilusionismo adquiere un valor que va más allá de la destreza técnica. El efecto mágico funciona como una imagen capaz de despertar asociaciones, emociones y preguntas. La sorpresa se convierte en una puerta hacia otros sentidos posibles.
La magia también permite recuperar algo de la mirada infantil, cuando imaginamos que casi todo puede suceder. Zaldúa destacó esa conexión con una etapa de la vida en la que la fantasía ocupa un lugar central y las fronteras de lo posible todavía no están completamente definidas.
Para él, uno de los atractivos del ilusionismo reside precisamente en esa capacidad de devolvernos, aunque sea por un instante, la posibilidad de creer.
Timbre 4, el escenario de la nueva propuesta
Durante la entrevista, Zaldúa también invitó al público a acercarse a Acto: ilusión o catástrofe, en Timbre 4, en el barrio porteño de Boedo.
El artista destacó las características de la sala y su bar, así como la propuesta escénica de una obra que combina humor, y un lenguaje poético accesible para distintos públicos. “Es una obra muy lúdica”, señaló, al recomendarla como una experiencia para disfrutar en familia. En su mirada, la puesta logra desarrollar una búsqueda artística sin perder la conexión con los espectadores.
Una vocación que sigue interrogándose
La entrevista con Emanuel Zaldúa en Identidad Play permitió acercarse tanto a sus comienzos como a las preguntas que hoy orientan su trabajo artístico.
Desde aquel niño que descubrió la magia gracias a su padre hasta el intérprete que lleva el ilusionismo al escenario teatral, su recorrido está atravesado por una misma fascinación: la posibilidad de alterar, aunque sea momentáneamente, la manera en que percibimos el mundo.
Acto: ilusión o catástrofe recupera esa experiencia inicial y la convierte en una reflexión colectiva sobre la vocación, la identidad y el sentido de hacer magia. La pregunta ya no es solamente cómo se realiza un truco o cuál es el secreto detrás de un efecto. También importa qué despierta en quien lo presencia, por qué seguimos buscando el asombro y qué lugar tiene la fantasía en nuestras vidas.
Tal vez allí resida una de las respuestas que propone Zaldúa: la magia puede ofrecernos una mirada poética sobre lo que nos sucede, ayudarnos a imaginar otras posibilidades y recordarnos que, incluso cuando creemos conocer la realidad, todavía queda espacio para el misterio.
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